Hanguear como en los 90
Mi lugar es una casa llena de afectos, bailando en la sala con vasito en mano
Estas últimas semanas se vieron como salir de un estanque, incomodar a la rutina y explorar terrenos en una búsqueda inespecífica. Empezó con un detox digital, una semana sin redes sociales y prácticamente sin celular. El impulso cada vez más constante de ausentarse y hacerse la indiferente, a ver si el algoritmo se confunde y deja de lanzar tanto contenido irrelevante. Para calmar ansiedades, bajarle el volumen a los ruidos que dificultan la concentración, apreciar más y crear cosas.
Eso me llevó a organizar el Club del Hangueo Vol. 1 con la motivación de hacer planes junto a amigos siguiendo alguna temática y con la intención de desconectar juntos. También lo movió el interés por organizar encuentros presenciales, hostear y hacer en comunidad. Esta primera edición fue en plan relajado, para jugar llevados por la música y los recuerdos atados a ella (aquello de la Memoria Cantable), un bingo musical para jugar por premios simbólicos, más que nada para cantar, bailar, reír y conversar en la sala del apartamento.



Se armó una playlist de 60 temas y se diseñaron cartones con 16 canciones cada uno. La selección se basó en clásicos, sin distinción de idioma o género, mucha música noventera que bien podría ser un reflejo de los asistentes, en su mayoría millennials. Aunque también puede referirse a una nostalgia específica de reuniones en casas sin internet, aquellos tiempos sin celulares, ni estados online, ni redes, ni notificaciones.
Esos años con un ritmo más pausado y “aburrido” porque al discman había que cambiarle las pilas, los cassettes de VHS había que rebobinarlos, la tele tenía un horario y las fotos se veían en álbumes físicos que solo estaban en casa. Puede ser solo nostalgia, una añoranza por algo más de misterio y sorpresa.
Lorena Salazar Masso habló sobre algo parecido en una masterclass que dio en el marco de Medellín en 100 palabras. La charla estuvo hilada por diarios, correspondencias y textos de escritores sobre su oficio. Notas, consejos, prácticas y detonantes para quienes desean escribir más y mejor. Creo que fue Cartas a un joven poeta de Rilke el texto que citó para comentar algo sobre mirar todo por primera vez, con ojos nuevos, de turista.


Días después vino el viaje a Bogotá y al Festival Gabo. La excusa: un taller llamado “Conectar para permanecer: cómo construir audiencias en la era de la fragmentación digital”. La realidad: un cambio de entorno, un movimiento del cuerpo, la mente y la mirada. La extranjería pone unos lentes de aumento para detectar mejor los munditos en cada lugar. Las versiones imaginadas de Bogotá son de mis favoritas de visitar.
El periodismo vieja escuela es otro objeto de nostalgia por un pasado no experimentado, escribir para revistas estilo Almost Famous, irse de gira con las bandas de rock porque no había paquete de prensa digital ni tiktok. La exposición de la vida y obra de Gabriel García Márquez en la Biblioteca Nacional la vi muy en esa onda, llena de archivos, manuscritos, primeras ediciones, cuentos y relatos que antes de ser libros fueron publicaciones de prensa. Fotos del hangueo entre escritores, periodistas, cineastas y artistas con vasito en mano en algún salón.
Puede ser otra vez la romantización del pasado, quizás solo sea el recuerdo de la despreocupación de la infancia, pero se antojan esos encuentros para saber de la vida del otro, para hablarse a la cara, verse fuera de una pantalla porque sino no habría manera de enterarse. También se antoja haber escuchado esas conversaciones, ser Owen Wilson en Midnight in Paris versión Boom Latinoamericano.



En un giro de vuelta a la realidad del 2025, julio fue una hoja de ruta, un mapa con lugares, ejercicios y formas de estar, para recordar que hanguear como en los 90 es un estado del ser, una decisión consciente. Que la nostalgia está bien pero usarla como combustible para hacer y crear hoy, está mejor. Combinar los encantos temporales, las tecnologías y herramientas de cada época, diseñar una narrativa propia con la misma intencionalidad que se planea una reunión en casa con amigos. Tal vez lo más cercano a viajar en el tiempo sea hacerse la película y vivirla juntos cada vez que se pueda.



